domingo, 30 de noviembre de 2014

A nosotros la Poesìa en una librerìa de Bogotà.




“A nosotros la poesìa”en una librerìa en Bogotà
caminar la calle como Juancito Caminador

entrar a una librería de viejos
como ir a la esquina a buscar pan

la librería  esta en la calle 8
es un cuartito pequeño
sin mucho que ofrecer ( o con mucho que ocultar ) 
y aquello que parece y no siempre es
uno descubre una escalera y sube

silos de  libros estantes de pies a cabeza libros
y no es una L ( Libros) sino tres eLes
y hay espejos y todo se ensancha aùn màs

oler respirar recuperar el aliento aunque pica la nàriz
y asì sin saber sin comprender
por dònde y còmo adentrarse a la poesìa en este mundo

ir de hambre a puro instinto por pan
como si el mundo fuese una esquina
ir por nada a ese todo
y oler fresco en un pan antiguo siempre nuevo

y aquí esta
la pequeña historia de una vocaciòn insobornable
sin espacio para la cobardia
solo las amigas los amigos para dar las gracias
y estas fotos que atestiguan
que es para nosotras (femeninamente hablando) la poesìa

y este papel que acaricia y respira poesìa viva
para nosotras nosotros que vivimos  en otro siglo
a màs de medio siglo de tus palabras escrita :
Raùl Gonzalez Tuñon.

“He vuelto a la calle.
Y porque en la calle està la vida màs que en ninguna otra parte”.

Y regreso a la calle. Camino por Bogotà.

Para Nicolàs Buenaventura esta pequeña historia de una vocaciòn insobornable. Con toda mi amistad y simpatìa. Gonzalez Tuñòn, Bs As 1954.
donde dice ediciòn de Autor debe leerse: "Este libro fue rechazado por editores cobardes y saliò gracias a la iniciativa de unos amigos y la buena voluntad de un grupo de obreros."

Nicolas Buenaventura :
http://www.banrepcultural.org/blaavirtual/literatura/autobiog/auto16.htm
Raùl Gonzalez Tuñon :
http://www.elortiba.org/rgt.html
la librerìa Torre de Babel :
http://www.libreriatorredebabel.com

dedico este hallazgo a Nolo Tejòn y Magda De Merolis por sus insobornable entereza poètica del vivir y a la hermandad que nos acompaña.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

EXPOSICION MAMB De desiertos y ocèanos y Los mapas del viajero


Hay en la obra de Rubén Caruso un inevitable hálito poético, como una nube suspendida que proyecta su sombra en la contemplación y permite ahondar, ir más allá de la superficie de la tela, de la expansión de la luz en el color; de la grafía enigmática y limpia en el dibujo; del gesto sobre el objeto casi desnudo, casi recién surgido de algún estrato subterráneo, con su esencia intacta, felizmente salvado del artificio ‒aunque parezca tratarse de ligeras máquinas de utilidad desconocida o pequeños tótems enigmáticos, quizá viajantes‒.

Se trata de una obra compacta en su estructura y su ritmo, cuyos colores se desenvuelven tranquilos, creando un ambiente onírico y sin fronteras; así su pintura se expande en forma serena por todo el espacio, con medidas justas de color y línea. Los colores pausados son protagonistas serenos, que envuelven el espacio con tranquilidad y ofrecen un ambiente espiritual de delicadas observaciones del entorno representado. Sus esculturas, que hacen eco armónico del lenguaje planteado por las pinturas, sugieren caminantes, vestigios de viajes extensos cuyos recuerdos han sido grabados como puntos o sutiles líneas imperecederas (tanto como dure la materia o persista la memoria), que gravitan en diálogo constante, señalando direcciones que alimentan la necesidad de cruzar el horizonte. Son caminantes conscientes de su origen, lo que quizás es su mayor equipaje y su más grande fortaleza.

Este contenido ha sido publicado originalmente en Vanguardia.com en la siguiente dirección: http://www.vanguardia.com/vida-y-estilo/cultura/285314-los-mapas-del-viajero. Si está pensando en hacer uso del mismo, recuerde que es obligación legal citar la fuente y por favor haga un enlace hacia la nota original de donde usted ha tomado este contenido. Vanguardia.com - Galvis Ramírez y Cía. S.A.
Hay en la obra de Rubén Caruso un inevitable hálito poético, como una nube suspendida que proyecta su sombra en la contemplación y permite ahondar, ir más allá de la superficie de la tela, de la expansión de la luz en el color; de la grafía enigmática y limpia en el dibujo; del gesto sobre el objeto casi desnudo, casi recién surgido de algún estrato subterráneo, con su esencia intacta, felizmente salvado del artificio ‒aunque parezca tratarse de ligeras máquinas de utilidad desconocida o pequeños tótems enigmáticos, quizá viajantes‒.

Se trata de una obra compacta en su estructura y su ritmo, cuyos colores se desenvuelven tranquilos, creando un ambiente onírico y sin fronteras; así su pintura se expande en forma serena por todo el espacio, con medidas justas de color y línea. Los colores pausados son protagonistas serenos, que envuelven el espacio con tranquilidad y ofrecen un ambiente espiritual de delicadas observaciones del entorno representado. Sus esculturas, que hacen eco armónico del lenguaje planteado por las pinturas, sugieren caminantes, vestigios de viajes extensos cuyos recuerdos han sido grabados como puntos o sutiles líneas imperecederas (tanto como dure la materia o persista la memoria), que gravitan en diálogo constante, señalando direcciones que alimentan la necesidad de cruzar el horizonte. Son caminantes conscientes de su origen, lo que quizás es su mayor equipaje y su más grande fortaleza.

Se percibe además la huella del que ha reflexionado, del que ahonda, del que busca y, pese a haber encontrado, sigue buscando. La obra es el relato de un tranquilo viaje interior signado por la observación serena. Por todas partes hay signos, pequeños trazos, gestos, señales, rasguños que van configurando una suerte de mapas, de cartografías que aluden a territorios de la memoria, del sentir, del pensar, y también a lugares que realmente existen, fácticos, pero imposibles de ubicar mediante coordenadas geográficas, brújula o rosa de los vientos alguna. La síntesis artística de Rubén Caruso da cuenta de tranquilas observaciones de la vida o de las experiencias emocionales propias, que se definen por la firmeza con que estas son representadas, sin ambigüedades, con precisión y una evidente madurez artística que nos permite relacionarnos con facilidad con aspectos puramente poéticos, de ahí que irradian una visión panorámica, extensa y aérea, como un mapa de experiencias interiores. Hay un sujeto invisible allí, uno que recorre concienzudamente y en silencio los parajes, y está el territorio mismo, transformado por ese pisar, una suerte de perenne camino ilimitado, cambiante, que se rehace a sí mismo siguiendo el ritmo de las estaciones del alma.


 Los ejes de las pinturas se expanden desde una diversidad de símbolos que tienen la capacidad de formular diálogos periféricos, capaces de volver a su centro de emotividad. El caminante navega también, y su huella es aún más sutil en el agua rumorosa y quieta, se deshace aún antes de haber existido, sin embargo el aire se perturba, la luz se fragmenta, y el vestigio se sobrepone al tiempo. Desde otra perspectiva, se transparenta, asimismo, un mapa celeste, cuyos objetos son, acaso, nuevas constelaciones, resonancias de los vestigios hallados en la materia más sólida, de cuyo tiempo no hay memoria, y que quizá solo sobrevive en el ensueño, en el afán de juntar todos los planos de la existencia y encontrarle sentido a los incansables viajes que emprende el ser.

Así que las formas abstractas surgidas de las impresiones y las preocupaciones del artista, provocadas por una indagación ayudada por la razón, concluyen en un plano signado por elementos cuya esencia es espiritual. Entonces, aunque pareciera que el paisaje ‒que se revela en la pintura y el dibujo igual que en sus objetos‒ estuviera contenido, quieto, se adivina en él una sutil pulsación. La huella es el paisaje mismo, el paisaje está en la huella, y también es la nada, porque es inasible: escapa al tiempo. Y, sin embargo, perdura, inquieta, perturba, se sobrepone a la bruma del primer asombro: el de la luz, el color, los gestos y los rasguños que persisten en la materia, la existencia física, todo lo que es palpable a través de los sentidos

 
La sugerente simplicidad de la obra de Caruso, evidente, por ejemplo, en los materiales que usa, su tono deliberadamente precario, exento de artificios y retorcimientos virtuosos, y en el montaje de las telas mismas, libera la atmósfera profunda de sus divagaciones y permite al espectador entrar a hacer parte activa de ese diálogo sostenido, de ese tener algo universal que decir, cuyo eco, quizás un poco apagado, sobrevive al alma humana, como un vestigio primigenio de lo que se es en el fondo.

Cristina Ùsuga
http://www.vanguardia.com/vida-y-estilo/cultura/285314-los-mapas-del-viajero
Hay en la obra de Rubén Caruso un inevitable hálito poético, como una nube suspendida que proyecta su sombra en la contemplación y permite ahondar, ir más allá de la superficie de la tela, de la expansión de la luz en el color; de la grafía enigmática y limpia en el dibujo; del gesto sobre el objeto casi desnudo, casi recién surgido de algún estrato subterráneo, con su esencia intacta, felizmente salvado del artificio ‒aunque parezca tratarse de ligeras máquinas de utilidad desconocida o pequeños tótems enigmáticos, quizá viajantes‒.

Se trata de una obra compacta en su estructura y su ritmo, cuyos colores se desenvuelven tranquilos, creando un ambiente onírico y sin fronteras; así su pintura se expande en forma serena por todo el espacio, con medidas justas de color y línea. Los colores pausados son protagonistas serenos, que envuelven el espacio con tranquilidad y ofrecen un ambiente espiritual de delicadas observaciones del entorno representado. Sus esculturas, que hacen eco armónico del lenguaje planteado por las pinturas, sugieren caminantes, vestigios de viajes extensos cuyos recuerdos han sido grabados como puntos o sutiles líneas imperecederas (tanto como dure la materia o persista la memoria), que gravitan en diálogo constante, señalando direcciones que alimentan la necesidad de cruzar el horizonte. Son caminantes conscientes de su origen, lo que quizás es su mayor equipaje y su más grande fortaleza.

Se percibe además la huella del que ha reflexionado, del que ahonda, del que busca y, pese a haber encontrado, sigue buscando. La obra es el relato de un tranquilo viaje interior signado por la observación serena. Por todas partes hay signos, pequeños trazos, gestos, señales, rasguños que van configurando una suerte de mapas, de cartografías que aluden a territorios de la memoria, del sentir, del pensar, y también a lugares que realmente existen, fácticos, pero imposibles de ubicar mediante coordenadas geográficas, brújula o rosa de los vientos alguna. La síntesis artística de Rubén Caruso da cuenta de tranquilas observaciones de la vida o de las experiencias emocionales propias, que se definen por la firmeza con que estas son representadas, sin ambigüedades, con precisión y una evidente madurez artística que nos permite relacionarnos con facilidad con aspectos puramente poéticos, de ahí que irradian una visión panorámica, extensa y aérea, como un mapa de experiencias interiores. Hay un sujeto invisible allí, uno que recorre concienzudamente y en silencio los parajes, y está el territorio mismo, transformado por ese pisar, una suerte de perenne camino ilimitado, cambiante, que se rehace a sí mismo siguiendo el ritmo de las estaciones del alma.

Los ejes de las pinturas se expanden desde una diversidad de símbolos que tienen la capacidad de formular diálogos periféricos, capaces de volver a su centro de emotividad. El caminante navega también, y su huella es aún más sutil en el agua rumorosa y quieta, se deshace aún antes de haber existido, sin embargo el aire se perturba, la luz se fragmenta, y el vestigio se sobrepone al tiempo. Desde otra perspectiva, se transparenta, asimismo, un mapa celeste, cuyos objetos son, acaso, nuevas constelaciones, resonancias de los vestigios hallados en la materia más sólida, de cuyo tiempo no hay memoria, y que quizá solo sobrevive en el ensueño, en el afán de juntar todos los planos de la existencia y encontrarle sentido a los incansables viajes que emprende el ser.

Así que las formas abstractas surgidas de las impresiones y las preocupaciones del artista, provocadas por una indagación ayudada por la razón, concluyen en un plano signado por elementos cuya esencia es espiritual. Entonces, aunque pareciera que el paisaje ‒que se revela en la pintura y el dibujo igual que en sus objetos‒ estuviera contenido, quieto, se adivina en él una sutil pulsación. La huella es el paisaje mismo, el paisaje está en la huella, y también es la nada, porque es inasible: escapa al tiempo. Y, sin embargo, perdura, inquieta, perturba, se sobrepone a la bruma del primer asombro: el de la luz, el color, los gestos y los rasguños que persisten en la materia, la existencia física, todo lo que es palpable a través de los sentidos.

La sugerente simplicidad de la obra de Caruso, evidente, por ejemplo, en los materiales que usa, su tono deliberadamente precario, exento de artificios y retorcimientos virtuosos, y en el montaje de las telas mismas, libera la atmósfera profunda de sus divagaciones y permite al espectador entrar a hacer parte activa de ese diálogo sostenido, de ese tener algo universal que decir, cuyo eco, quizás un poco apagado, sobrevive al alma humana, como un vestigio primigenio de lo que se es en el fondo.

Este contenido ha sido publicado originalmente en Vanguardia.com en la siguiente dirección: http://www.vanguardia.com/vida-y-estilo/cultura/285314-los-mapas-del-viajero. Si está pensando en hacer uso del mismo, recuerde que es obligación legal citar la fuente y por favor haga un enlace hacia la nota original de donde usted ha tomado este contenido. Vanguardia.com - Galvis Ramírez y Cía. S.A.
Hay en la obra de Rubén Caruso un inevitable hálito poético, como una nube suspendida que proyecta su sombra en la contemplación y permite ahondar, ir más allá de la superficie de la tela, de la expansión de la luz en el color; de la grafía enigmática y limpia en el dibujo; del gesto sobre el objeto casi desnudo, casi recién surgido de algún estrato subterráneo, con su esencia intacta, felizmente salvado del artificio ‒aunque parezca tratarse de ligeras máquinas de utilidad desconocida o pequeños tótems enigmáticos, quizá viajantes‒.

Se trata de una obra compacta en su estructura y su ritmo, cuyos colores se desenvuelven tranquilos, creando un ambiente onírico y sin fronteras; así su pintura se expande en forma serena por todo el espacio, con medidas justas de color y línea. Los colores pausados son protagonistas serenos, que envuelven el espacio con tranquilidad y ofrecen un ambiente espiritual de delicadas observaciones del entorno representado. Sus esculturas, que hacen eco armónico del lenguaje planteado por las pinturas, sugieren caminantes, vestigios de viajes extensos cuyos recuerdos han sido grabados como puntos o sutiles líneas imperecederas (tanto como dure la materia o persista la memoria), que gravitan en diálogo constante, señalando direcciones que alimentan la necesidad de cruzar el horizonte. Son caminantes conscientes de su origen, lo que quizás es su mayor equipaje y su más grande fortaleza.

Se percibe además la huella del que ha reflexionado, del que ahonda, del que busca y, pese a haber encontrado, sigue buscando. La obra es el relato de un tranquilo viaje interior signado por la observación serena. Por todas partes hay signos, pequeños trazos, gestos, señales, rasguños que van configurando una suerte de mapas, de cartografías que aluden a territorios de la memoria, del sentir, del pensar, y también a lugares que realmente existen, fácticos, pero imposibles de ubicar mediante coordenadas geográficas, brújula o rosa de los vientos alguna. La síntesis artística de Rubén Caruso da cuenta de tranquilas observaciones de la vida o de las experiencias emocionales propias, que se definen por la firmeza con que estas son representadas, sin ambigüedades, con precisión y una evidente madurez artística que nos permite relacionarnos con facilidad con aspectos puramente poéticos, de ahí que irradian una visión panorámica, extensa y aérea, como un mapa de experiencias interiores. Hay un sujeto invisible allí, uno que recorre concienzudamente y en silencio los parajes, y está el territorio mismo, transformado por ese pisar, una suerte de perenne camino ilimitado, cambiante, que se rehace a sí mismo siguiendo el ritmo de las estaciones del alma.

Los ejes de las pinturas se expanden desde una diversidad de símbolos que tienen la capacidad de formular diálogos periféricos, capaces de volver a su centro de emotividad. El caminante navega también, y su huella es aún más sutil en el agua rumorosa y quieta, se deshace aún antes de haber existido, sin embargo el aire se perturba, la luz se fragmenta, y el vestigio se sobrepone al tiempo. Desde otra perspectiva, se transparenta, asimismo, un mapa celeste, cuyos objetos son, acaso, nuevas constelaciones, resonancias de los vestigios hallados en la materia más sólida, de cuyo tiempo no hay memoria, y que quizá solo sobrevive en el ensueño, en el afán de juntar todos los planos de la existencia y encontrarle sentido a los incansables viajes que emprende el ser.

Así que las formas abstractas surgidas de las impresiones y las preocupaciones del artista, provocadas por una indagación ayudada por la razón, concluyen en un plano signado por elementos cuya esencia es espiritual. Entonces, aunque pareciera que el paisaje ‒que se revela en la pintura y el dibujo igual que en sus objetos‒ estuviera contenido, quieto, se adivina en él una sutil pulsación. La huella es el paisaje mismo, el paisaje está en la huella, y también es la nada, porque es inasible: escapa al tiempo. Y, sin embargo, perdura, inquieta, perturba, se sobrepone a la bruma del primer asombro: el de la luz, el color, los gestos y los rasguños que persisten en la materia, la existencia física, todo lo que es palpable a través de los sentidos.

La sugerente simplicidad de la obra de Caruso, evidente, por ejemplo, en los materiales que usa, su tono deliberadamente precario, exento de artificios y retorcimientos virtuosos, y en el montaje de las telas mismas, libera la atmósfera profunda de sus divagaciones y permite al espectador entrar a hacer parte activa de ese diálogo sostenido, de ese tener algo universal que decir, cuyo eco, quizás un poco apagado, sobrevive al alma humana, como un vestigio primigenio de lo que se es en el fondo.

Este contenido ha sido publicado originalmente en Vanguardia.com en la siguiente dirección: http://www.vanguardia.com/vida-y-estilo/cultura/285314-los-mapas-del-viajero. Si está pensando en hacer uso del mismo, recuerde que es obligación legal citar la fuente y por favor haga un enlace hacia la nota original de donde usted ha tomado este contenido. Vanguardia.com - Galvis Ramírez y Cía. S.A.

viernes, 24 de octubre de 2014

MAMB, Museo de Arte Moderno de Bucaramanga, Bucaramanga, Colombia.




Exposiciòn " De desiertos y ocèanos"
6 al 29 de noviembre 2014.


 Triángulos amorosos
Esta muestra está definida, en principio, por dos esquemas triangulares. Uno, formado por las tres
disciplinas que combina, es decir la pintura, el dibujo y la escultura. El otro, por las tres ciudades que
vincula, Barcelona (lugar en el que vive), Bucaramanga (lugar en el que expone) y Mendoza (lugar en
el que nació).
Triángulo 1
Si bien son tres disciplinas diferentes, en todas puede intuirse una idea de sistematicidad, subyacente
en cada obra y también en el conjunto que constituye cada una de las series. Las imágenes permiten
fantasear con un azar, una idea vaga de accidente técnico o de automatismo. Pero la similitud entre
ellas y la coherencia del conjunto evidencian un principio que se repite y se desarrolla, como una
obsesión. La pregunta interesante tal vez sea cuál es el origen de ese gesto libre, descuidado, que se
repite muchas veces y que termina constituyendo una paradoja.
En el conjunto de pinturas se puede percibir una serie de constantes que van desde la paleta hasta la
forma en que las manchas se distribuyen por la superficie. Marrones, anaranjados y azules que varían
todo el tiempo sin perder la armonía que los emparenta. Hay una regularidad azarosa. La materia se
desliza por el soporte y se entremezcla, se diluye, se ensucia. Al final, el artista realiza unas sutiles
intervenciones tal vez con la sola intención de apropiarse de ese accidente.
En los dibujos, en cambio, la regularidad se hace más evidente. Pero continúa siendo un orden
imperfecto que organiza el recorrido que las líneas hacen. Se acumulan hasta formar tramas o se
alinean como un pentagrama. Pero no son sólo líneas, guardan un secreto, porque son palabras o
caligramas. Aparece la escritura aprovechada desde la visualidad, como lo hacen los chinos. Produce
así un cruce entre lo que se ve y lo que está escrito. Habrá que leer esas palabras para descubrir qué
dicen y espiar qué poesía motiva al artista.
En las esculturas hay una reminiscencia constructiva que se vale de la precariedad como expresión. La
madera, un material ancestral, manipulado con herramientas y saberes mínimos. Pórticos, arcos,
tótems, juguetes, todos aparecen vagamente, y entre medio algunos objetos reconocibles. Otra vez el
artista, además de ordenarlos, los interviene con un grafismo primitivo, quemado, y deja así un rastro
más fehaciente de su autoría. Son el resultado de un constructivismo primitivista.
Cuál será el concepto que agrupe todas estas obras. Voy a aventurar uno: la percepción de las mismas
es conjetural, debido a la indefinición de sus referencias. Otro: la organización de la imagen se
emparenta con la música en su estructura, es decir, constantes y variaciones infinitas; y con la poesía
en la interpretación posible de significados. Otro más: transmiten una información altamente sensible
y hermética.




Triángulo 2
Voy a hacer una digresión para aportar una mirada extramuros sobre la obra de Caruso. Tengo la
intención de observar y contextualizar su obra desde una perspectiva de lugar de pertenencia (o no
pertenencia). Entonces, la pregunta es qué resulta de un artista nacido y formado en Mendoza, que
actualmente reside en Barcelona y que muestra su obra en Bucaramanga. Qué hay debajo de esa
triangulación que vincula lugares de origen, residencia o tránsito. Hay un rastro al menos de una
tradición del arte argentino o latinoamericano o hay una transculturación a rajatablas. Caruso elige no
pensarse desde un territorio o campo. Define su inquietud como “la idea de lo humano que tenemos
todos, la universalidad”.
El problema aquí es que yo entiendo el arte justamente desde esa perspectiva, desde la definición de
territorio. Fuimos compañeros en la universidad, por eso estoy escribiendo estas palabras. Él eligió
viajar por el mundo, yo me quedé en Mendoza. Él enclavó raíces mínimas, como las de las frutillas en
los diferentes lugares por los que pasó, y yo largas como las de los álamos.
“De océanos y desiertos”, que es el nombre que le puso a esta exposición, es un binomio, no un
triángulo como yo lo veo. Ambos términos denominan fenómenos de la geografía, genéricos,
uniformes e inmensos. Tienen, además, un correlato visual con las obras de Caruso: los colores, los
recorridos que se materializan en los mapas, las texturas. Y, de paso, dejan traslucir una idea de arte
sin lugar. Océanos y desiertos, todos y ninguno. Yo pienso que “océanos” es el mar que cruzó cuando
se fue y “desiertos” el lugar donde nació. Tal vez la obra reflexione sin quererlo sobre la pertenencia
distorsionada que dejan a su paso las migraciones. Tal vez aparezcan los paisajes de Mendoza, sus
montañas, su diáfano cielo, sus ríos, sus noches. Tal vez, también, la precariedad de las ventanas de su
barrio, de las puertas de su casa de la calle Espejo. Todo mezclado con la arbitrariedad con la que
mezclan las cosas los recuerdos.
Mis últimas conjeturas. Quizás esta muestra es una metáfora del regreso, o una vuelta al primer amor,
o un viaje al pasado, o una búsqueda inconsciente de pertenencia. Probablemente sea como él dice “se
juntó el deseo con la posibilidad”, afirmación que le aporta un componente también de azar a esta
circunstancia. Vuelvo a la palabra azar y repito que hay una lógica debajo de ella: un triángulo
amoroso.
Caruso tiene un blog que se llama “remoalsur” (me lo apuntó Agustín).


Laura Valdivieso
Artista, docente y crítica de arte.
Actualmente es la directora del Museo Municipal de Arte Moderno de Mendoza,Argentina.
                                  

Texto catàlogo MAMB




el artista

Rubén Caruso nació en Mendoza, Argentina. Cursó sus estudios en la Facultad
de Artes de la Universidad Nacional de Cuyo. Inició su carrera artística a
mediados de los años noventa, período en el que realizó exposiciones en su
ciudad natal y en Buenos Aires y en el que obtuvo reconocimientos importantes
para su carrera. Luego de viajar por Latinoamérica, en 2001 se instala en
Europa. Primero en Viena y luego en Barcelona, ciudad en la que reside
actualmente.





la obra
Cuanto más se organiza y domina tanto más insuficiente se revela
la capacidad del hombre para construir y habitar el ámbito de lo esencial. Existe un juego de
misteriosa correspondencia entre el uso de la razón y el abandono del suelo natal.
                                                                                                                  Martin Heidegger

La muestra “De desiertos y océanos” es una selección de obras realizadas en
los últimos años. El nombre remite a diversos aspectos. Uno es la separación
existente entre el lugar de trabajo y su sitio de origen. Otro la recurrencia del
desierto y el océano (el azul) en la obra y los constantes intentos de una
poética propia. También aparece el desierto como desgarro o liberación, que
puede remitirnos tanto al enfrentamiento con nosotros mismos como a la huida.
El océano como ese espacio azul que tanto aleja como iguala en la desnudez.
Todo respondiendo a la continuidad de un trabajo atravesado por la casa. La
poética de la casa y sus metáforas. En la etapa que compete a esta exposición,
la casa ya no es el interior de un cuarto ni se encuentra en un contexto externo
que la rodea. La casa es ahora, en toda la extensión de la tela, una red abarcativa,
una sucesión de puntos y líneas extendidas por su superficie. Muchas veces,
simplemente un conjunto de líneas que aparecen y desaparecen.
En las pinturas: cartografías del desierto, islas en el océano; en las esculturas: la
madera y la idea de construir el hábitat desde lo pobre, simple, frágil, austero,
inestable, precario; en el dibujo: grafismos y tramas que se amplían y extienden.
En esta muestra y vuelta al continente se hace palpable la lejanía y la soledad
con la que se trabaja, el largo tiempo transcurrido y sus consecuencias.
Paradójicamente sobrevuela la extraña sensación de nunca haber abandonado el
“suelo natal”. Continúa la extrañeza, el apego a la duda o al interrogante de si,
al hablar de origen, estamos refiriéndonos estrictamente al territorio que nos vio
nacer. 
texto catàlogo Exposiciòn: "De desiertos y oceànos"
19 de octubre 2014.
Museo de Arte Modeno de Bucaramanga, Bucaramanga, Colombia.