sábado, 12 de octubre de 2013

Charles Juliet


Dar la vuelta. Invertir el movimiento que nos impulsa a desbordarnos hacia el exterior nos lo vuelve propicio y nos permite aprehenderlo en nuestras garras. Invertir nuestra mirada para permitir al ojo excavar el lugar de donde emana. Intentar situarnos por encima de nuestra fuente y allá probar convertirnos en nuestra propia causa, O aun, trabajar para nuestra aniquilación, luego arrastrarnos, subir, traspasar las esclusas, volver a invadir las tibias aguas del origen.
Pero permitir que esa necesidad reencuentro la dicha inicial- del cual llevamos la radiante nostalgia en lo más profundo de la sangre- no es, de ningún modo, como se pretende, producir una regresión, abandonarse enteramente a las fuerzas del inconsciente, renunciar al pensamiento, a la reflexión, a la toma conciencia. Querer sumergirnos en lo prenatal es , al mismo tiempo, intentar atravesar la pesadez, las opacidades del yo, hacer estallar los límites y escapar a sus sujeciones, esforzarse por alcanzar una libertad en la que el ser podrá al fin abrirse totalmente a la vida, someterse a la ley que siempre le ordena ir hacia una fuerza cada vez mayor, hacia una mayor conciencia, intensidad y luz. Y de esta forma tratar de engendrarse otra vez, de suscitar un nuevo ser directamente salido del hambre, o de un estado de absoluta libertad, ( Esta paz soberana a la cual aspiramos y que podríamos alcanzar si lográramos poner fin al desgarramiento de la fragmentación, de la dualidad, que nos identifica con la paz que conocimos antes de ser derribados y que jamás olvidaremos. Por esta razón ese deseo de meterse de nuevo en el cascarón se confunde con la exigencia de crear en nosotros, por el sólo poder de la elucinación interior, esta inmensidad en la cual el ser estaría colmado de energía, podría gustar de la plenitud de la unidad reencontrada y tendría todas las posibilidades de dilatarse a su gusto, ceder al júbilo de lo más vasto y de lo más intenso).
fragmento de 
Una vida secreta (encuentros con Bram Van Velde)

martes, 5 de febrero de 2013

ANDREI TARSKOVKY





EL arte como ansia de lo ideal (parte 2 )

Pero, qué es la verdad?
Una de las características más triste de nuestro tiempo es,…
es que una persona corriente queda separada de de todo aquello que hace una reflexión sobre lo bello y lo eterno.
La cultura de masas pensada para consumir, cierra al hombre el camino hacia cuestiones fundamentales de su existencia, hacia tomar conciencia de su propia identidad como ser espiritual.
Pero el artista no puede permancer sordo ante el llamado de la verdad, que es lo único capaz de determinar y disciplinar su voluntad creadora. Sólo así obtiene la capacidad de transmitir su fe creadora. un artista sin esa fe es como un pintor nacido ciego.
Sería falso decir que el artista busca su tema. El tema va madurando en él como fruto y le impulsa hacia la configuración. Es como un parto. El poeta nada tiene que pudiera estar orgulloso. No es dueño de la situación, sino un vasallo, su servidor; la creatividad es para él la única forma de vida posible, y cada una de sus obras supone un acto al que no se puede negar libremente. La sensibilidad para la necesidad de ciertos pasos lógicos y para las leyes que los rigen solo aparecen cuando existe la fe en un ideal;  solo la fe apoya el sistema de las imágenes ( o, lo que es lo mismo, el sistema de la vida).
la determinación del arte no se da en despertar pensamientos, transmitir ideas o servir de ejemplo. La finalidad del arte consiste más bien en preparar al hombre para la muerte, conmoverle en su interioridad más profunda.
Para el sistema del conocimiento humano, el destino de los genios es notable y aleccionador. Estos mártires elegidos, destinados a la destrucción por amor a la renovación, viven en un contradictorio estado de duda entre el ansia de felicidad la convicción de que no puede existir esa felicidad como una realidad concretable, como un estado a realizar. La felicidad es un concepto abstracto, moral. Y la felicidad real , felicidad “feliz” es el tender hacia esa felicidad, que como valor absoluto es inalcanzable para el hombre.
Qué dice el poeta? “Sobre la tierra no hay felicidad, pero si hay paz y libertad.” Basta contemplarla atentamente las obras maestras, hacer que su fuerza vitalizante y misteriosa penetre hasta el fondo para que se le revele a uno su sentido complejo y santo.
Un genio no se manifiesta en la perfección absoluta de una obra, sino en la fidelidad absoluta a sí mismo, en la consecuencia frente a su propio apasionamiento. El ansia apasionada de verdad, de conocimiento del mundo y de sí mismo concede un significado especial incluso a partes no especialmente buenas o incluso de las llamadas páginas “erradas”.
Es más no conozco una sola obra maestra libre de ciertas debilidades, de imperfecciones.
El apasionamiento absolutamente personal, el estar poseído por una idea individual creadora condiciona no solo su grandeza, sino también su fracaso.
 
 Andrei Tarkovsky
extractado de Esculpir el tiempo



domingo, 27 de enero de 2013

ANDREI TARKOVSKY



El arte como el ansia de lo ideal


El objetivo del arte que no quiera ser “consumido“ como una mercancía consiste en explicar por sí mismo y a su entorno el sentido de la vida y de la existencia humana.
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explicarle al hombre cual es el motivo y el objetivo de su existencia en nuestro planeta. O quizás no explicárselo, sino tan solo enfrentarlo a este interrogante.
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en cierto modo la función del arte esta enlazada con la idea del conocimiento, de aquella forma de efecto que se expresa como conmoción, como catarsis.
En cierto sentido el hombre va conociendo de forma siempre nueva la naturaleza de la vida y de su propio ser, sus posibilidades y objetivos.
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se sirve de los conocimientos del pasado. Pero aún así el autoconocimiento ético-moral sigue siendo la experiencia clave de cada persona, una experiencia que tiene que hacer siempre de nuevo él solo.
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Con ayuda de esta imagen se fija la vivencia de lo interminable y se expresa por medio de la limitación: lo espiritual por lo material; lo infinito por lo finito.
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El arte, se dirige a todos, con la esperanza de despertar una impresión que ante todo sea sentida, de desencadenar una conmoción emocional y que sea aceptada. No quiere proponer inexorables argumentos racionales a las personas, sino transmitirles una energía espiritual.
El arte surge y se desarrolla allí donde hay esa ansia eterna, incansable de lo espiritual, de un ideal que hace que las personas se congreguen en torno al arte.
El arte moderno ha entrado por un camino errado, porque en nombre de la mera autoafirmación ha abjurado de la búsqueda de sentido de la vida.
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En el arte no se confirma la individualidad, sino que ésta sirve a otra idea, a una idea más general y más elevada.
El artista es un vasallo que tiene que pagar los diezmos por el don que le ha sido concedido casi como un milagro.
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Una imagen se puede crear y sentir, aceptar o rechazar, pero no se puede comprender en un sentido racional. La idea de lo infinito no se puede expresar por palabras, ni siquiera se puede describir. Pero el arte proporciona esa posibilidad, hace que lo infinito sea perceptible.
A lo absoluto sólo se accede por la fe y por la actividad creadora.
Las condiciones imprescendibles para la lucha del artista hasta llegar a su propio arte son la fe en sí mismo, la disposición de servir y la falta de compromisos externos.
La creación artística exige del artista una verdadera “entrega de sí mismo“, en el sentido más trágico de la palabra. Si el arte trabaja con jeroglíficos de la verdad absoluta, cada unos de éstos es una imagen del mundo, incluido de una vez para siempre en la obra de arte.
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El conocer artístico recuerda un sistema infinito de esferas interiormente perfectas, cerradas en sí mismas. Las esferas pueden completarse o contradecirse mutuamente, en ningún caso sustituirse. Todo lo contrario: se enriquecen mutuamente y forman en su totalidad una esfera especial, más general que crece hasta el infinito.
Estas revelaciones poéticas, de su validez eterna, con fundamento en sí mismas, dan testimonio de que el hombre es capaz de conocer y de expresar de quién es imagen.
El arte es un metalenguaje, con cuya ayuda las personas intentan avanzar la una en la dirección a la otra, estableciendo comunicaciones sobre sí mismas y adoptando las experiencias. No interesado en una ventaja práctica, sino por la idea del amor, cuyo sentido se da en una capacidad de sacrificio enteramente contrapuesta al pragmatismo.
Sinceramente no puedo creer que un artista esté en condiciones de crear sólo por motivos de “autorrealización“.
La autorrealización sin la mutua comprensión carece de sentido.
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El poeta es una persona con la fuerza imaginativa y la psicología de un niño. Su impresión del mundo es inmediata, por mucho que se mueva por las grandes ideas del universo. Es decir, no “describe” el mundo, el mundo es suyo.
Condición imprescidible para la recepción de una obra de arte es el estar dispuesto y ser capaz de tener confianza, fe, en un artista. Pero en ciertas situaciones resulta díficil el grado de incomprensión que nos separa de una imagen poética perceptible exclusivamente por el sentimiento. Lo mismo es el caso de la fe verdadera en Dios, también esta fe presupone una actitud interior especial, un potencial específico, puro, espiritual.
Lo bello queda oculto a los ojos de aquellos que no buscan la verdad.
…percibir y juzgar el arte sin estar dispuesto a reflexionar sobre el sentido y la finalidad de la existencia de éste, ese vacío seduce más de la cuenta y lleva a una formula vulgar y simplista, al “ No me gusta!” o “ No interesa!”. Un argumento fuerte, de quien ha nacido ciego e intenta describir un arco iris. Queda absolutamente sordo al padecimiento que sufre un artista para comunicar a los demás la verdad que experimenta en ello.
continúa.
Andrei Tarkovsky
extractado de “Esculpir el tiempo”