Y Yukel dice:
“Me ha seguido por las calles de París,
y sabía mi historia de memoria.
Me ha seguido hasta mi pasado de sombra y de luz,
hasta mis pensamientos confusos y hasta mi ausencia de porvenir.
Algunas veces ha usurpado mi nombre;
pero yo no soy ese hombre;
porque ese hombre escribe
y el escritor no es nadie“.

El callejón –sin salida- habría podido atravesar la ciudad si le hubieran dejado.
Un muro le impedía el paso.Y, detrás de ese muro, las elevadas casas a las que el tiempo había enlutado. El callejón se debatía en un rectángulo de piedras como el libro en sus límites de tinta y de papel, bajo su desgastada cubierta.
Para un escritor, el descubrimiento de la obra que escribirá tiene algo, a la vez, de milagro de herida; del milagro de la herida.
Me parecía haber circulado entre la vida y la muerte muchos siglos-y esa vida y esa muerte eran las de mi raza- para llegar a este lugar naciente.
Yo dejaba que las palabras ocuparan su puesto en mi libro y las seguía con el dedo. Avanzaban de dos en dos y, a veces de cinco en cinco o de diez en diez. Respetaba el orden afectivo de su entrada en mí; porque ahora yo sabía que llevaba ese libro dentro de mí desde hacía tiempo.
Lejos del puerto el barco crece. A medida que me adentraba en alta mar,mi libro se convertía en el lugar único donde todos los caminos se cruzan y nos apremian; pero un grito me traspasaba, y precisamente sobre ese grito ha sido edificado mi sufrimiento para navegar de océano en océano.)
El libro de las preguntas
Edmond Jabés
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